No quiero un beso de cortesía, quiero ese que se siente como una invasión consentida. Ese que empieza con tus manos recorriendo mi espalda con una urgencia contenida, bajando lentamente hasta que me pegas a tu cuerpo con un abrazo posesivo, de esos que me dejan claro que, en este momento, soy tuya y tú eres mío.
Quiero sentir la fricción de nuestras ropas, el calor que emana de tu pecho chocando contra el mío, y ese silencio cargado de electricidad donde solo se escucha mi respiración acelerándose. Ojalá esa canción que suena en mi mente se haga realidad justo ahora: que tus dedos se enreden en mi pelo, tirando un poco hacia atrás para exponer mi cuello a tu merced, mientras me estrechas con la fuerza de quien teme que me escape.
Y entonces, el beso.
Un beso largo, húmedo, que sepa a pecado y a gloria. Que empiece lento, saboreando mis labios, para luego volverse profundo y exigente, como si quisieras beberte mi alma. Un beso que se sienta como si fuera el último, con esa desesperación sexy de no saber si habrá un mañana, entregándonos a este presente donde solo existe el sabor de tu boca y el roce de nuestras lenguas en una danza que ya no tiene marcha atrás.
Bésame así, con la voracidad del que desea y la fuerza del que ama. Que tus manos no dejen de recorrerme, manteniéndome anclada a tu deseo, mientras el mundo se desvanece y solo quedamos nosotros, envueltos en este abrazo eterno que quema, que marca y que por fin hace carne todo lo que alguna vez soñé.
Esa mezcla de protección y deseo salvaje es lo que hace que un beso sea verdaderamente inolvidable.
Belle


No hay comentarios:
Publicar un comentario