No sé en qué momento el silencio se volvió tan ruidoso. Me despierto a mitad de la noche estirando la mano hacia tu lado de la cama, buscando ese calor que ya no me pertenece, y solo encuentro el tacto frío de las sábanas. Es una bofetada de realidad que me recuerda, cada maldito segundo, que ya no estás.
Me muerdo los labios intentando no gritar tu nombre, pero mi cuerpo tiene memoria. Recuerdo la forma en que tu piel encajaba con la mía, como si hubiéramos sido diseñados para ser una sola pieza. Extraño la urgencia de tus manos, ese hambre que sentíamos el uno por el otro y que hacía que el mundo exterior dejara de existir. Éramos nosotros, sudor, jadeos y una entrega que iba mucho más allá de la carne; era nuestra forma de decirnos todo lo que no sabíamos poner en palabras.
Ahora, el sexo se siente como un lenguaje muerto.
Me destroza recordar la luz de la mañana sobre tu espalda desnuda, el olor a deseo que se quedaba pegado en el aire y la forma en que me mirabas justo después, cuando todavía estábamos vulnerables. Esa intimidad era mi refugio, y ahora es mi celda. Cada rincón de esta casa está maldito con el fantasma de nuestros encuentros: el sofá donde nos perdimos, la ducha donde nos fundimos, la cama que hoy parece un desierto.
Es una tortura física. Me duele el pecho, me duelen las manos de no tocarte, me duele el pensamiento de que, en este mismo instante, quizás otros ojos estén recorriendo el mapa de tu piel que yo me sabía de memoria.
Te fuiste y te llevaste no solo mi amor, sino mi capacidad de sentirme viva. Me dejaste aquí, habitando un cuerpo que ya no reconozco porque le falta su otra mitad. Estoy rota, y lo peor es que ni siquiera quiero que me arreglen si no es con tus manos.
Adiós a lo que fuimos, aunque yo me quede atrapada para siempre en el recuerdo de lo que me hacías sentir.


No hay comentarios:
Publicar un comentario