El SEXO es un deseo ardiente capaz de mover los hilos del planeta.
Yo me considero una mujer moderna que vive y siente, no temo contar mis fantasías e intimidades, para mi es el camino a la liberación de tabúes impuestos por nuestra sociedad, de machismos, de incomprensiones.
En esta época donde sufrimos todos es necesario soñar, y yo seré tu musa, si me dejas....

sábado, 14 de febrero de 2026

La Única Prohibida


​Entré con el sigilo de un depredador y la furia de una diosa. Tus ojos se abrieron en esa media sorpresa de quien espera el usual lamento, pero yo no venía a llorar. Me deslicé hasta ti, mi cuerpo ya era un anuncio de lo que iba a pasar, y te acorralé con la mirada.

​—¿Creíste que venía a suplicar? —Mi voz era un ronroneo bajo y peligroso mientras mis uñas, afiladas como promesas rotas, se clavaban en tus hombros—. Te equivocaste. Ya no eres exclusivo. Ahora, para ti, soy yo la exclusiva.  Jamás tendrás otra igual.

​Mis dedos se deslizaron por tu cuello, mi aliento caliente en tu boca, negándote el beso que pedían tus labios. No había dulzura, solo el filo de una verdad desnuda. Te empujé, no contra la pared, sino hacia el abismo de tu propia insignificancia. Mis rodillas se abrieron ante ti con una lentitud obscena, invitándote a ver lo que estabas a punto de perder para siempre.

​—Mira bien —gruñí, obligándote a bajar la vista—. Esto que ves... esto que siempre te ha pertenecido, mi entrega... se acabó.

​Me subí a tu regazo, mis caderas moviéndose con una cadencia que no buscaba placer, sino castigo. Cada roce era un recordatorio de lo bien que conocía tu cuerpo, de cómo lo había explorado, adorado, y ahora... profanaba con una despedida. Mis pezones se endurecían contra tu piel, mis muslos apretaban los tuyos con una presión que cortaba la respiración. Te movía, te retorcía, te hacía sentir el límite exacto entre el deseo y el rechazo.

​Cuando te abrí las piernas con mis rodillas y sentiste mi sexo rozar el tuyo, no era una invitación. Era una promesa.

​—Lo vas a sentir, cabrón —te susurré, mientras mis dedos se perdían en tu entrepierna con una intencionalidad brutal—. Vas a sentir lo que es ser mío por última vez, y a la vez, vas a sentir cómo te arranco de cada centímetro de mi piel. Mi entrega a ti, esta misma que ahora te hace gemir, se terminó.

​Mis movimientos se volvieron desenfrenados, una avalancha de placer y furia. No quería que gozaras; quería que te ahogaras en la intensidad de mi adiós. Me dejé penetrar con violencia no con amor, sino con la violencia de una verdad irrefutable. Cada embestida era una bofetada, cada roce un "recuerda esto". Tu cuerpo se arqueó, tu voz se quebró, pero yo no me detuve.

​En el clímax, te miré a los ojos, mis pupilas dilatadas por el éxtasis y la venganza. Te vi llegar al límite, al mismo tiempo que yo lo hacía, no por ti, sino a pesar de ti. Me separé de golpe, dejando tu cuerpo tembloroso y tu mirada perdida.



Adiós para siempre.  Belle

martes, 27 de enero de 2026

El eco de tu cuerpo

 


​No sé en qué momento el silencio se volvió tan ruidoso. Me despierto a mitad de la noche estirando la mano hacia tu lado de la cama, buscando ese calor que ya no me pertenece, y solo encuentro el tacto frío de las sábanas. Es una bofetada de realidad que me recuerda, cada maldito segundo, que ya no estás.

​Me muerdo los labios intentando no gritar tu nombre, pero mi cuerpo tiene memoria. Recuerdo la forma en que tu piel encajaba con la mía, como si hubiéramos sido diseñados para ser una sola pieza. Extraño la urgencia de tus manos, ese hambre que sentíamos el uno por el otro y que hacía que el mundo exterior dejara de existir. Éramos nosotros, sudor, jadeos y una entrega que iba mucho más allá de la carne; era nuestra forma de decirnos todo lo que no sabíamos poner en palabras.

Ahora, el sexo se siente como un lenguaje muerto.

​Me destroza recordar la luz de la mañana sobre tu espalda desnuda, el olor a deseo que se quedaba pegado en el aire y la forma en que me mirabas justo después, cuando todavía estábamos vulnerables. Esa intimidad era mi refugio, y ahora es mi celda. Cada rincón de esta casa está maldito con el fantasma de nuestros encuentros: el sofá donde nos perdimos, la ducha donde nos fundimos, la cama que hoy parece un desierto.

​Es una tortura física. Me duele el pecho, me duelen las manos de no tocarte, me duele el pensamiento de que, en este mismo instante, quizás otros ojos estén recorriendo el mapa de tu piel que yo me sabía de memoria.

​Te fuiste y te llevaste no solo mi amor, sino mi capacidad de sentirme viva. Me dejaste aquí, habitando un cuerpo que ya no reconozco porque le falta su otra mitad. Estoy rota, y lo peor es que ni siquiera quiero que me arreglen si no es con tus manos.

​Adiós a lo que fuimos, aunque yo me quede atrapada para siempre en el recuerdo de lo que me hacías sentir.

Belle

Nada de esto significa que sea débil. Significa que amé de verdad con el alma en la mano y a corazón abierto.