Hubo noches de frío donde mi entrega se convirtió en ruego, donde permití que sus palabras amargas me desnudaran de mi orgullo. Me hice pequeña, olvidando el valor de mi propia piel, entregando mi magia a quien solo sabía romperla. Pero el desprecio no logró apagar el fuego; solo lo mantuvo dormido, esperando el momento de arder con más fuerza.
Hoy despierto y el aire acaricia mi cuerpo con una ternura nueva. Me miro al espejo y me reconozco en las curvas de mi alma, en la suavidad de mis manos que ahora deciden cuidarme. Me deslizo entre las sábanas de mi propia paz, sintiendo que soy un templo sagrado que nadie volverá a profanar. Qué delicia es volver a sentirme viva, vibrando en mi propia sintonía.
Mi amor propio ya no está en ruinas; es una joya que pulo con cada suspiro. Camino con una seguridad que seduce al destino, con la certeza de que soy un tesoro que solo merece manos delicadas. No acepto menos que adoración, no acepto menos que la dignidad de ser amada en mi totalidad. Me siento hermosa, poderosa y profundamente mía.
Sé que en algún lugar, la vida está preparando un encuentro. Un hombre que sepa leer mi piel como si fuera poesía, que me mime con la calma de quien sabe que tiene ante sí lo más valioso. Alguien que no necesite apagar mi luz para brillar, sino que se pierda en el resplandor de mi renacer. Un amor con clase, con fuego y con la dulzura de un beso eterno.
Mientras tanto, disfruto del romance más bonito de todos: el mío. Me bebo la vida a sorbos lentos, me visto de confianza y me celebro. Qué bonita es la vida cuando descubres que el amor de tu vida... siempre has sido tú.
Belle
