Entré con el sigilo de un depredador y la furia de una diosa. Tus ojos se abrieron en esa media sorpresa de quien espera el usual lamento, pero yo no venía a llorar. Me deslicé hasta ti, mi cuerpo ya era un anuncio de lo que iba a pasar, y te acorralé con la mirada.
—¿Creíste que venía a suplicar? —Mi voz era un ronroneo bajo y peligroso mientras mis uñas, afiladas como promesas rotas, se clavaban en tus hombros—. Te equivocaste. Ya no eres exclusivo. Ahora, para ti, soy yo la exclusiva. Jamás tendrás otra igual.
Mis dedos se deslizaron por tu cuello, mi aliento caliente en tu boca, negándote el beso que pedían tus labios. No había dulzura, solo el filo de una verdad desnuda. Te empujé, no contra la pared, sino hacia el abismo de tu propia insignificancia. Mis rodillas se abrieron ante ti con una lentitud obscena, invitándote a ver lo que estabas a punto de perder para siempre.
—Mira bien —gruñí, obligándote a bajar la vista—. Esto que ves... esto que siempre te ha pertenecido, mi entrega... se acabó.
Me subí a tu regazo, mis caderas moviéndose con una cadencia que no buscaba placer, sino castigo. Cada roce era un recordatorio de lo bien que conocía tu cuerpo, de cómo lo había explorado, adorado, y ahora... profanaba con una despedida. Mis pezones se endurecían contra tu piel, mis muslos apretaban los tuyos con una presión que cortaba la respiración. Te movía, te retorcía, te hacía sentir el límite exacto entre el deseo y el rechazo.
Cuando te abrí las piernas con mis rodillas y sentiste mi sexo rozar el tuyo, no era una invitación. Era una promesa.
—Lo vas a sentir, cabrón —te susurré, mientras mis dedos se perdían en tu entrepierna con una intencionalidad brutal—. Vas a sentir lo que es ser mío por última vez, y a la vez, vas a sentir cómo te arranco de cada centímetro de mi piel. Mi entrega a ti, esta misma que ahora te hace gemir, se terminó.
Mis movimientos se volvieron desenfrenados, una avalancha de placer y furia. No quería que gozaras; quería que te ahogaras en la intensidad de mi adiós. Me dejé penetrar con violencia no con amor, sino con la violencia de una verdad irrefutable. Cada embestida era una bofetada, cada roce un "recuerda esto". Tu cuerpo se arqueó, tu voz se quebró, pero yo no me detuve.
En el clímax, te miré a los ojos, mis pupilas dilatadas por el éxtasis y la venganza. Te vi llegar al límite, al mismo tiempo que yo lo hacía, no por ti, sino a pesar de ti. Me separé de golpe, dejando tu cuerpo tembloroso y tu mirada perdida.
Adiós para siempre. Belle

